Todos los que la conocimos esbozamos una sonrisa al recordarla. Elena vivió en el Norte, cuando la lluvia caía durante días y noches y las zuecas a duras penas podían preservar sus pies del barro y la humedad.El viento rugía entre los montes que rodeaban su casa y muchas veces, empujaban las contraventanas arrancando sus clavijas y dejando los cristales al descubierto.

La luz eléctrica llegó muy tarde, y las noches de tormenta se sentaba en el escano de su lareira, alumbrada por el fuego, mientras cocía un caldito, un poco de leche o simplemente, mantenía el calor. Las noches eran durísimas, agotada, se metía en una cama que chorreaba agua debido a la enorme humedad ambiental y al escaso calor que la cocina de leña era capaz de generar en las habitaciones.

Muy de mañana, mucho antes de que el sol saliese, ya estaba caminando entre la oscuridad y bajo la constante lluvia y el frío hacia las tierras o los montes de algún vecino para ayudarle con la hierba seca, con las patatas, o con lo que se terciara.

 Nunca la vieron enfadada. Nunca la oyeron quejarse. Era pura ternura.

Siempre escaseaba el dinero y conseguían comer cada día a duras penas. Pero cuando llegaba la Navidad, sacaba algunas monedas que había guardado a lo largo del año y envuelto en un papel de periódico con enorme ilusión y compraba pijamitas de felpa para sus nietas, y tabletas de chocolate que tanto les gustaba. También envueltos en periódico, enviaba unas docenas de huevos y en un sobre unas cuantas monedas para que pudieran comprarse algo en la ciudad. Y unas líneas escritas llenas de amor, de nostalgia y de deseos de estar junto a ellas de nuevo.

Cuando las niñas recibían el paquete, sentían una alegría y una sensación que nunca nada ni nadie consiguió igualar. Era el olor, el tacto, el sabor… el enorme amor que desprendía la caja de cartón, rota, sucia y reblandecida por el duro viaje de los entonces difíciles cientos de kilómetros que les separaban.

Elena sabía disfrutar de cada minuto con las niñas cada verano cuando volvían a verla, diferente a los días, meses, de dureza continua en soledad. Fue una mujer excepcional. Y hoy en día, tantas décadas después, las nietas continúan disfrutando de los tazones de chocolate con pan, como un homenaje a quien supo transmitirles la valía y el coraje de la familia, de los ancestros.

 Y el chocolate siempre huele a leña, al Norte, a felpa envuelta con amor.