Naciones Unidas asienta la definición de violencia de género sobre la necesidad de diferenciar otro tipo de violencia de aquella que se ejerce sobre individuos o grupos en base a su género. Partiendo de esta premisa, es innegable que la violencia que se ejerce sobre la mujer por el hecho de serlo es abrumadoramente mayor que la que se ejerce sobre el hombre por el hecho de serlo.

La violencia no sólo afecta a las mujeres, sino a toda la sociedad. Imagen de TrasTando

Pero cualquier tipo de violencia es condenable y aquellos que se mantienen en silencio ante ella es evidente que no comprenden la magnitud del problema y la implicación que tiene su silencio o  negación de la realidad . Establecida esta, al igual que ocurre con otros acontecimientos relevantes para la sociedad en general y para determinados grupos de riesgo en particular, afortunadamente se crearon asociaciones que valorando el nivel de injusticia o impunidad, el daño causado y sus propios recursos, a veces solo morales, deciden aportar, ayudar, defender, en la medida de sus posibilidades, a quienes consideran en situación de riesgo. De este modo, se pretende que ningún individuo se sienta apartado de la sociedad y amparado en los derechos humanos, no se sienta desprotegido por ella. Las ssociaciones no nacieron para atacarse ni para separarse del resto de la sociedad. Porque la violencia de género no se crea exclusivamente por el daño del violento, en este caso, hacia la mujer, sino también por otras personas que ejercen otro tipo de agresión: la de la injuria, la de la negación, la del silencio, que se extiende también al hombre.

Negar la realidad contundente de la violencia contra la mujer aduciendo que estas también atacan al hombre abusando de su situación en los divorcios, no solo es mezclar situaciones que siendo reales, no tienen nada que ver la una con la otra; es dejar constancia de que para trabajar a favor de los derechos humanos, hay que ser altruista, objetivo, carecer de prejuicios y ser capaz de dejar a un lado sus propias experiencias personales.  Teniendo en cuenta que el almacén de experiencias se incrementa según se va viviendo, esto último requiere una dosis elevada de altruismo y sentido de la justicia. Por otra parte, aprovechar un delito contra los derechos humanos para sacar a relucir la propia ira, el rencor, la necesidad de revancha, etc., pone en evidencia una vez más que no todas las personas son capaces de vivir su vida y atender además, las necesidades de otros que ni tan siquiera conoce. Eso se llama generosidad.

Acusar y denunciar falsamente a los hombres de malos tratos, abusos y violaciones debe considerarse también como agresión. Estas mujeres lejos de comprender el problema vergonzoso que resulta el maltrato y la violación para la sociedad, no para la víctima del abuso, se creen en el derecho de usar del amparo de la ley por ser mujer, como si por ser mujer ese derecho naciera con ellas. La ley ampara o debe hacerlo, al conjunto de la sociedad y ampara en el caso del que estamos hablando a la mujer víctima de malos tratos o abusos. No a la mujer por serlo. Esto desequilibraría las relaciones humanas al igual que las desequilibra la violencia de género. Por otro lado, cada vez que una mujer miente sobre un tema tan denigrante para la sociedad, asienta el precedente de que ‘la mujer’ es capaz de mentir. Y esto repercutirá muy nocivamente en la mujer que realmente ha sido agredida y que deberá pasar un filtro de preguntas y cuestionamientos dolorosos para esclarecer la veracidad o no de su agresión. Igualmente, asienta el precedente de que ‘el hombre’ es un violador.  Y las relaciones entre ambos podrían verse afectadas por la desconfianza en lo que todos entendemos muy bien hablando de ‘pagar justos por pecadores’.

La verdad es que hay muchas mujeres que sufren y han sufrido malos tratos y abusos. Que hay muchos hombres que han maltratado y violado. Pero hay muchas más mujeres que no han sido víctimas y muchos más hombres que no son verdugos. Y todos los que no han sido ni una cosa ni otra, no deberían por ello, sentir que las agresiones no tienen que ver con ellos. Porque no lo olvidemos, ajenos a esta guerra fría que poco a poco se van asentando entre hombres y mujeres, el maltratador continua integrado en la sociedad relacionándose sin una marca que le identifique como tal.  Entre la guerra fría que se provoca injustificadamente, acaba por olvidarse al verdadero  causante de tanto desorden: el maltratador, que asume, además, en el silencio de muchos y muchas, un permiso oculto para ejercer su violencia.

Violencia de género no es una guerra entre hombres y mujeres. Y el maltratador, el violador, el abusador, no debe poseer tal poder y protagonismo que acabe por sentirse un héroe que goza de impunidad moral.

No nos dejemos manipular por la persona violenta, no le concedamos poder o razón en base a las propias experiencias que aún siendo injustas, no por ello se igualan a lo que sufre una persona violada, golpeada, secuestrada y que mayoritariamente, es mujer. No permitamos que la persona violenta sienta que cada vez que se pone de manifiesto las diferencias entre hombres y mujeres se le concede el permiso para agredir. El agresor, el violento, nada tiene que ver con los hombres y mujeres que se relacionan sanamente, tengan mejor o peor suerte con sus relaciones. No lo olvidemos: por las diferencias crecemos, no rivalizamos, somos capaces de convivir de manera justa.

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