Soy hija de una jovencísima pareja de emigrantes gallegos que  sin saber nada de lo que ocurría más allá de su mar, se lanzaron con valentía a buscar un futuro mejor para sus hijos.

  Que cada Navidad recibía un paquete en casa con olor a franela, a periódicos y a  un agridulce: “Queridos todos, esperamos que al recibo de esta os encontréis todos bien…”. Nunca decían cuanto habían tenido que trabajar, ahorrar o canjear para que esos paquetes llegaran puntualmente en las Fiestas.

Nos enseñaron a respetar el trabajo de aquellos que habían empeñado su vida en hacer que la nuestra fuera algo más posible; a amar cada trozo de tierra, cada trocito de monte que con gran esfuerzo y enorme ilusión, conseguían ir comprando, con tan solo una firma o un apretón de manos como contrato; hombres y mujeres que trabajaron toda su vida bajo los temporales, sobre el barro, entre el frío y la absoluta oscuridad; tirando de bueyes y vacas, cargando carros, doblándose literalmente la espalda horas y horas para poder sentirse algo más seguros.  A admirar la generosidad de su ayuda, daba igual quien de ellos o qué vecinos estuvieran peor; con candiles, o sin ellos, con las katiuskas o las zocas, caminaban metros o kilómetros para dar compañía al solitario, al enfermo o al moribundo.

  Soy nieta de hombres y mujeres que lucharon a  solas contra la enfermedad y los escasos medios para combatirla, mientras, entre silencios y nostalgias, salían a trabajar el campo en las madrugadas frías y extremadamente húmedas de esa Galicia tan adorable como, entonces, dura.

  Soy bisnieta de una mujer que partía las onzas de chocolate “Carmiña” con un golpe de su palma sobre el canto de un cuchillo apoyado en él. La misma que una madrugada, despertó en medio de una habitual ventisca invernal , y creyendo que era la hora de salir al campo, allá fueron su hijo y ella, sin poder distinguir la hora en la espesura de la noche y en la costumbre de salir cuando esta aún era cerrada. Y al darse cuenta de que era madrugada muy temprana, esa misma mañana sacó sus ahorros y compró un reloj de casi dos metros que trajo sobre sus espaldas entre caminos de silvas y regos. Más de cien años después, sus campanadas siguen dando las medias y las enteras.

 Soy tataranieta de una mujer que llegó sola a Andalourín, en la provincia de Lugo y asentó allí los cimientos para que las generaciones venideras tuviéramos leyendas  que contar en los inolvidables escanos de los lares, en la penumbra que el fuego creaba en aquellas cocinas llenas de vida, de gente, de pesares y de risas, de “raspa” y de “quesos del país”. Allí, cuenta una de esas leyendas, juró salir adelante  para que sus hijos y sus descendientes, pudieran recordar de donde venían.

  Soy sobrina nieta de hombres que emigraron con 19 años fuera del país, y que aún estremecen con su penúltima carta “ estoy algo acatarrado, pero me pondré bien…”, y la última carta de un amigo  “… murió de tifus hoy…”.

  Soy familiar y amiga de tantos gallegos que en las celebraciones o reuniones,  cantaban muñeiras, tocaban la gaita, y contaban “contos” con un acento tan dulce como cercano y reconocible. De los que , orgullosa, cuenta como ellos también estuvieron  “limpiando chapapote”.

  De las que sentadas en un banco de piedra, en los veranos, gustaba de tomar mi tazón de chocolate con pan viendo barruzar sobre el verde que se desdoblaba en infinitos matices con cada gota de lluvia. Esos verdes de prados repletos de sábanas extendidas al escaso sol, ropa que las mujeres lavaban en las fuentes entre risas y recuerdos de las fiestas  disfrutadas.  Puntos de encuentro también para mi, cuando crecí, para compartir  secretos e ilusiones.

  Soy de las que leían y leían a Rosalía de Castro y entendían su morriña y su saudade; que en cada verso, sentían que cuando llovía era como si Galicia llorara; y  que al encenderse sus verdes fuera al mismo tiempo capaz de inundarte de  una emoción indescriptible ante una belleza que en ese momento quisiera regalarte solo para ti; como si te hiciera partícipe de su magia -oculta solo a ratos-, que siempre habría estado para cuando supieras interpretarla.

 Soy de las que les duele ir porque les duele más volver.

Galicia siempre estuvo ahí, así, bella, natural, sencilla en su inmensa presencia. Siempre fue mucho más, fue todo aquello que sus gentes hicieron de ella mientras convivían con ella. Se mimetizaron con su paisaje cargado de nostalgia y buen hacer; de sencillez en cada día de duro trabajo bajo un clima inhóspito, cuando esto era precisamente lo que hacía difícil que el resto del mundo se acercara. Ellos estaban ahí respetando, admirando y agradeciendo cada rayo de luz, cada gota caída, cada sonrisa recibida, cada buenos días cuando se cruzaban antes del amanecer  y al acabar después del atardecer.

 Porque aunque cada pedazo de tierra tenga dueño, ese antepasado que luchó tanto por serlo, nunca tuvieron la necesidad de poseerla despojándola del resto de la Galicia de donde la habían conseguido. La cuidaron, como cuidaron sus montes, en una relación tan legítima como fraternal, por que los gallegos están orgullosos de serlo y orgullosos además de compartirlo. Y lo guardan para cada uno de nosotros , de los que cuando vamos, volvemos con ese apretón en el corazón que solo se entiende cuando descubres un resquicio de naturaleza que sigue creciendo en la libertad de serlo.

 Hoy Galicia se quema y con ella, tantas y tantas historias contadas al calor del lar. Historias que cambian su comienzo por el de “Existía entonces un lugar…”.

  Pero para que haya historias, tiene que haber gente que pueda contarlas. Y esto, señores y/o señoras que no han entendido nada de lo que es la humanidad, y lo han demostrado incendiando y matando a quienes podían transmitirlas, esto, digo, nunca, nunca, podrán arrebatárselo a los gallegos, ni a Galicia ni a los millones de personas que hoy y siempre, contarán de su belleza eterna, de la hospitalidad y solidaridad de sus gentes, de la bravura que sus ascendentes les transmitieron y de cómo, ante la comparación, ustedes ante la historia venidera, jamás podrán tener la oportunidad de vencer.

  Hoy Galicia llora, arropada por el mundo que la ha vivido. Sin pretender ser cruel como ustedes, los asesinos, permítanme preguntarles quien llorará por ustedes, hoy o mañana. Y permítanme por ello, mostrarles compasión, porque habiendo tenido la oportunidad privilegiada que Galicia y sus gentes me brindaron de ser un poco mejor, no puedo por menos sentir lástima por quienes sin duda, a juzgar por sus actos, carecen absolutamente del don de poder transmitir algo tan bueno y tan imparable como todos los buenos valores que nuestros ancestros fueron capaces de regalarnos a nosotros.

  No me enseñaron a odiar, prefiero estar del lado de los buenos. Me conformo con saber que nunca podrán ustedes ser como ellos.

 “Nunca máis”.

Mi cariño, solidaridad, empatía y un profundo pesar a Asturias y Portugal. Mi post es también por y para ellos.

Nuestra lealtad es para las especies y el planeta. Nuestra obligación de sobrevivir no es sólo para nosotros mismos sino también para ese cosmos, antiguo y vasto, del cual derivamos.” Carl Sagan

 

                                                     Maribel Maseda Virosta